La posición de la Iglesia Católica ante las corridas de toros

Plaza de toros de Colmenarejo

Luis Gilpérez Fraile/ Carlos González-Amezúa

En estos tiempos no es fácil que la jerarquía eclesial se pronuncie de manera clara y contundente sobre aspectos éticos que no afecten de forma directa a su “doctrina”. Por ejemplo, la pena de muerte o las dictaduras o la contaminación del planeta o la violencia institucional o las guerras, etc. Al margen de algunas generalidades, no existen posiciones firmes y claras que condenen conductas concretas que a muchos nos parecen éticamente inaceptables, similares a las que sí existen para temas como el aborto, el preservativo o el matrimonio homosexual, por ejemplo. Cualquier médico que practique un aborto se sabe excomulgado y aquel que use un preservativo es consciente de estar tentando la suerte del alma (como tienta la del cuerpo si no lo usa); pero los que firman sentencias de muerte, los que invaden países, los que descabalgan a gobernantes democráticamente elegidos mediante la fuerza, los que destruyen el planeta para mejorar su cuenta de resultados, los que torturan a su pueblo, los que especulan con los alimentos provocando hambrunas y muerte… todos estos disfrutan, como mínimo, del beneficio de la duda acerca de su futuro sobrenatural. En fin, aunque el Reino de Cristo no sea de este mundo, la Iglesia actúa con tanta “corrección política” como si lo fuera.

Plaza de toros de Colmenarejo

Sin embargo, ha habido momentos de la Historia en los que la Iglesia ha hablado de forma clara y contundente sobre ciertos temas, hoy poco convenientes. Uno de estos temas es la tauromaquia, una fiesta ancestral de la Europa mediterránea, que ya solo se mantiene como primigenia en algunos lugares de España y del sur de Francia. La liturgia que rodea esta fiesta está trufada de rezos, vírgenes, altares y estampitas, y entre sus adeptos más fervientes destacan muchos pro-hombres de la política y la empresa, pero también representantes eclesiales. Es frecuente ver en una corrida al cura del pueblo junto al resto de autoridades; al menos en Colmenarejo lo es.

Alguien -muy astuto y buen publicista pero irresponsable, mal cristiano y peor patriota- ha sabido vincular la marca España con las corridas de toros y la derecha política y sociológica, que a su vez ha sabido anclarse a la España sociológicamente confesional.  Flaco favor nos han hecho a todos fabricando un nuevo tema de conflicto en un país en el que apenas se necesitan estímulos para la conflagración.

Pero la realidad no es esta. A pesar de las estampitas, los altares repletos de velas y la liturgia del torero, la Iglesia es radicalmente contraria a la fiesta de los toros. Sí señores, así es; Y existen documentos a espuertas que lo certifican. ¿No interesa hablar del tema? Es posible, pero eso no quita para que la realidad sea la que es, y no la que a algunos les gustaría que fuera. Vamos a recordar lo que ha dicho la Iglesia a lo largo de la Historia sobre este asunto.

El primer pronunciamiento que se hace de manera oficial, con todo el peso de la autoridad papal, es la Bula “De Salutis Gregis Domininci”, dada en Roma en el año de 1567, por Pío V. No hablamos de un papa cualquiera, sino de uno que luego sería elevado a los altares, es decir, hablamos de un santo de la Iglesia Católica, San Pío V.

Veamos los puntos 2, 3, 4 y 5 de su Bula:

  1. Nos, considerando que esos espectáculos en que se corren toros y fieras en el circo o en la plaza pública no tienen nada que ver con la piedad y caridad cristiana, y queriendo abolir tales espectáculos cruentos y vergonzosos, propios no de hombres sino del demonio, y proveer a la salvación de las almas, en la medida de nuestras posibilidades con la ayuda de Dios, prohibimos terminantemente por esta nuestra Constitución, que estará vigente perpetuamente, bajo pena de excomunión y de anatema en que se incurrirá por el hecho mismo (ipso facto), que todos y cada uno de los príncipes cristianos, cualquiera que sea la dignidad de que estén revestidos, sea eclesiástica o civil, incluso imperial o real o de cualquier otra clase, cualquiera que sea el nombre con el que se los designe o cualquiera que sea su comunidad o estado, permitan la celebración de esos espectáculos en que se corren toros y otras fieras en sus provincias, ciudades, territorios, plazas fuertes, y lugares donde se lleven a cabo.
    Prohibimos, asimismo, que los soldados y cualesquiera otras personas osen enfrentarse con toros u otras fieras en los citados espectáculos, sea a pie o a caballo.
  2. Y si alguno de ellos muriere allí, no se le dé sepultura eclesiástica.
  3. Del mismo modo, prohibimos bajo pena de excomunión, que los clérigos, tanto regulares como seculares, que tengan un beneficio eclesiástico o hayan recibido órdenes sagradas tomen parte en esos espectáculos.
  4. Dejamos sin efecto y anulamos, y decretamos y declaramos que se consideren perpetuamente revocadas, nulas e írritas todas las obligaciones, juramentos y votos que hasta ahora se hayan hecho o vayan a hacerse en adelante, lo cual queda prohibido, por cualquier persona, colectividad o colegio, sobre tales corridas de toros, aunque sean, como ellos erróneamente piensan, en honor de los santos o de alguna solemnidad y festividad de la iglesia, que deben celebrarse y venerarse con alabanzas divinas, alegría espiritual y obras piadosas, y no con diversiones de esa clase.

Pues parece meridianamente claro: una bula que considera que los espectáculos en que se corren toros nada tienen que ver con la piedad y la caridad cristianas, y “queriendo abolir tales espectáculos cruentos y vergonzosos, propios no del hombre sino del demonio”, prohíbe terminantemente la celebración de tales espectáculos, bajo la pena de excomunión y anatema, muy especialmente para los clérigos. Y le da a esta Constitución el carácter de perpetuidad. Le da a sí mismo validez por encima de cualesquiera otra constitución u ordenamiento que se oponga, los cuales expresamente serán derogados.

A este respecto, Luis Gilpérez Fraile escribe lo siguiente:

A pesar de tan manifiesta voluntad de que su Bula se cumpliera en España, ni siquiera fue hecha pública. Muy al contrario, Felipe II intentó que Pío V la derogase, sin conseguirlo. En realidad, dados los términos en que había sido redactada, no había ya posibilidad de derogación ni por su promulgador.

Sin embargo, Felipe II no cejó en su empeño y en cuanto Pío V murió, volvió a perseverar con su sucesor, Gregorio XIII, a quien presionó por medio de los embajadores españoles, logrando finalmente (el 25 de agosto de 1585, poco antes de su muerte) que promulgase la encíclica Exponi nobis, cuyos términos no dejan de ser curiosos: levanta a los laicos la prohibición de asistencia a las corridas, pero ordena que tales festejos no se celebren en días festivos, y mantiene la prohibición de asistencia a los clérigos. Pero algunos, especialmente en Salamanca, seguirán  asistiendo y practicando las citadas corridas. Informado Sixto V, sucesor de Gregorio XIII, de tales desobediencias, el 14 de abril de 1586 remite al obispo de Salamanca el Breve Nuper siquidem, dándole «facultad libre y autoridad plena, tanto para que impidas las dichas enseñanzas [las que los clérigos impartían falazmente sobre la derogación de la bula de Pío V] cuanto para que prohíbas a los clérigos de tu jurisdicción la asistencia a los citados espectáculos”.

A Sixto V le sucede Gregorio XIV, quien tampoco se muestra dispuesto a ceder a las presiones, por lo que Felipe II y los clérigos salmantinos deben esperar al papado de Clemente VIII, del que, por fin y tras muchas gestiones que duraron cuatro años, el 3 de enero de 1596 consiguen el Breve Suscepti muneris, que pretende derogar la Bula de Pío V. Y decimos «pretende» porque resulta evidente su nulidad gracias a las previsiones tomadas al respecto en la Bula De Salute Gregis Dominici.

A partir de ese momento deben transcurrir 84 años y 8 papados antes de que vuelva a producirse alguna intervención oficial pontificia sobre el asunto taurino: efectivamente, el 21 de julio de 1680 el Papa Inocencio XI, bien conocido por su lucha contra el nepotismo, remite un Breve a través del nuncio en España, memorando la vigencia de las prohibiciones pontíficas al respecto. Dicho Breve llega a manos del rey Carlos II con un escrito del cardenal Portocarrero, recordándole «cuánto sería del agrado de Dios el prohibir la fiesta de los toros…».

La prohibición de asistencia de los clérigos a las corridas vuelve a recapitularse en el código de Derecho Canónico, canon 140; y en el código vigente, canon 285, quedando pocas dudas de su alcance respecto a los espectáculos donde los animales sufren crueles maltratos.

El Cardenal Pietro Gasparri, secretario de Estado del Vaticano con el papa Benedicto XV, escribía en 1920: «La Iglesia continúa condenando en alta voz, como lo hizo la santidad de Pío V, estos sangrientos y vergonzosos espectáculos«.

Y hace apenas “dos días”, en 1989, monseñor Canciani, Consultor de la Congregación para el Clero de la Santa Sede bajo el pontificado de Juan Pablo II, reafirma la validez de la Bula en declaraciones públicas, recordando que todos los que frecuenten estas fiestas como actores o espectadores, están excomulgados.

Recordemos que en tiempos de Franco los curas tenían prohibido asistir a las corridas de toros, en una de esas filigranas intelectuales tan propias de la Iglesia en las que parece ser posible defender una cosa y la contraria.

Para los que somos agnósticos el asunto se circunscribe a un episodio más de la inconsistencia doctrinal de la iglesia, que defiende una cosa mientras hace la contraria. Pero a los defensores de la fe y la tradición cristiana, el asunto debería preocuparles, y mucho. ¡Mira que si el bueno de San Pío tenía razón y acaban todos en el infierno por unas chicuelinas…!

Y lo que les parecerá aún más grave: ¡Mira que si los catalanes se salvan y van al cielo por prohibir las corridas de toros…!

9 comentarios en “La posición de la Iglesia Católica ante las corridas de toros”

  1. Contando con los que ya «no van»; si la Bula “De Salutis Gregis Domininci” se aplicara en Colmenarejo, no iban a quedar cristianos ni para barrer el atrio de la iglesia.

  2. Manda el 5 Mandamiento NO MATAR.
    Este mandato divino se debe entender tambien como una expresa prohibicion de poner en peligro la vida. No solo la agena, también la propia.
    Así, quien por dinero o por simple divertimento pone en riesgo cierto su vida por enfrentarse a un toro en una corrida de toros, queda incurso en la prohibición del quinto mandamiento de la Ley de Dios y peca mortalmente.

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